No es posible separar la vida de la obra de Frida Kahlo. Ella misma se empeña en enfatizar esa estrecha urdimbre entre arte y realidad en su casi infinita serie de autorretratos que la muestran como víctima y testigo expectante de su entorno y de su tiempo. Su obra es la principal narradora de su dolor y ella no descansa en retratarse como la víctima propiciatoria preferida de los arcanos del destino, implacable y contumaz, que se ensaña como un áspid para diluir su veneno y tratar de robar la felicidad a la que ella se aferra como única salida posible.
Apasionada y apasionante, Frida Kahlo va tejiendo su propia historia y construyendo el aura mítica que rodea todo lo referente a su vida y a la relación con el gran muralista mexicano Diego Rivera. 
El resultado pictórico de sus autorretratos es efectivo. Una profusión de adornos y de símbolos enmarcan o invaden el rostro de Frida, que permanece inmutable, con la mirada fija y penetrante que surge de detrás de sus tupidas cejas y desde el fondo de su alma y de su cuerpo atormentados. Mujer enérgica y vivaz, se enfrenta con entereza y tenacidad a la adversidad y al destino que va royendo y minando, físicamente, su existencia. 
Frida y su arte
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